Les pedí vivir con ellos porque en mi casa no había lugar para mi entre tantas peleas de pareja.
La primera noche les pedí que me despertaran a las 8 de la mañana porque tenía que estudiar.
Me desperté a las 10.
Me dijeron que pensaron que quería dormir, porque en mi casa dormía hasta tarde.
Si. En mi casa no tenía espacio ni para estudiar ni para vivir, por eso me la pasaba durmiendo. Pero ahi quería vivir. Necesitaba levantarme a las 8 porque me había comprometido a estudiar con un compañero. Llegué tarde, claro.
Las siguientes noches anduve entre la casa de una amiga y mi casa, porque no tenía la llave de este nuevo hogar. Fueron ocasiones en las que mi regreso había sido de madrugada y no los quise despertar.
La segunda noche pasé frío y me puse el despertador porque ya no pude confiar. Me picaba el cuerpo.
La tercera fue la vencida.
Les conté que voy a la psicóloga. Me dijeron que ellos tienen sus revistas sobre psicología y que con eso ya analizan todo, no necesitan que un psicólogo les diga nada.
Puse el noticiero: Humor sobre política, programa de izquierda. Insultaron al conductor y descalificaron el humor, lo anularon. Excusé que necesitaba mirar el programa para saber los problemas actuales, ya que se acercaban las elecciones y aunque ellos ya no votaban, yo debía hacerlo. "Yo sí voto" dijo ella. "Ah, no, yo ya no estoy obligado" dijo él. Bueno, dije, yo sí voto y quiero informarme.
Podría seguir detallando pero creo que voy a ir a lo concreto. Les empecé a contar una anécdota de un chico que conocí. Había caido en la cuenta de que su papá según mis cálculos podría haber participado en la última dictadura cívico-militar. No lo quise ver más. Entonces me dijeron que eso es ser prejuiciosa. Yo les dije "Y ustedes cómo se sentirían si a mi me pasara algo por opinar de política?".
De repente la conversación se tornó en relación a lo que fue el último golpe de estado, a que pobres los soldados de la colimba, a que los montoneros esto y aquello y que por algo desaparecieron. Que la teoría de los dos demonios y que por la política se pelean familiares y amigos y eso no puede ser, y esa es la verdad.
"Bueno, esa es la verdad para vos. Hay gente que opina distinto. No importa... A ver, quiero escuchar esta noticia" le dije. La noticia trataba sobre un paro de universitarios de mi facultad.
Cuando empecé a verla, inesperadamente comenzó a vociferar "Porque en esta casa no se habla, nunca se habló ni se va a hablar de política (subiendo cada vez, el volumen de la voz) y si no te gusta, ¡Te vas a tu casa!".
Comencé a juntar mis cosas para irme, acción que no se vio venir. Es que en su familia los hombres gritan y las mujeres acatan. Pero yo aprendí a defenderme, a no dejarme maltratar.
Cada palabra era un grito más fuerte y seco, y cada paso que daba se cargaba de más odio.
Estaba yo llamando a la remisería y su voz retumbaba contra el tubo del teléfono de tal manera que me dificultaba la comunicación con la operadora. En un momento entré en mi transitoria habitación a retirar mis pertrechos, él me decía cosas horribles: que era una politiquera, que cuando mi papá estaba soltero no iba al psicólogo, que desde que mi mamá nos hizo ir al psicólogo él está mal, que yo soy así por culpa de ella, que pobre mi papá...
A cada frase que escupía se me acercaba más y no le entraba tanto odio. Le dio una piña a la cortina corrediza del living. Sentí miedo por lo cerca que se había puesto de mí, y comencé a gritarle, que se vaya a su pieza, que me deje, que no me gritara más, que es un misógino, un violento, un viejo choto, un maltratador. Ahi empezó a alejarse, no sin gritar, y arrancó a decirme que era igual de maleducada que mi hermana, y bla bla bla.
Me fui a la vereda a esperar el remis.
"Después de todo lo que me dijiste, vos para mi estas muerto, te moriste, todo lo que me digas no existe porque yo ya te maté con las palabras" le dije.
Me dijo que iba a pagar con sangre todo lo que había hecho.
"Ahora entiendo pobre papá de dónde le viene tanta agresividad, me hablás como un genocida de los que tanto defendés, mirá lo que decis. ¡Que la voy a pagar con sangre, me decis! Chau."
Eran las once de la noche de un barrio humilde a unas cuadras de la villa "Esperanza". Me fui con mis dos mochilas, mi guitarra de $6000 y la guitarra de mi profesora de $30000 en un remis, a la casa de mi amiga. Ni si quiera se preocuparon por saber si llegué bien.
Mamá llamó sin que le hubiera dicho nada, quería saber si andaba todo bien.
No podía hablar. Sólo le dije a dónde iba y que después la llamaba.
Eso fue todo. No discutí por política. Me defendí de los ataques que hizo sobre mí, sobre lo que soy, mi identidad. Hablarme mal de mi mamá es también meterse con quién yo soy y con alguien así yo elijo no tener relación. No me arrepiento ni creo que tenga que pedir perdón. Sólo me defendí de la violencia de un viejo lleno de rencor.
Me perdono a mi por haber creído que él me podría proteger.